Para el psicoanálisis no existe la salud mental. Freud encontró que los elementos que conforman lo enfermo se encuentran también presentes en lo sano. Así, por ejemplo, en sus Tres Ensayos para una Teoría Sexual, afirma que las llamadas perversiones no difieren mucho de la sexualidad normal.
Toda idea de normalidad o salud es ajena al psicoanálisis, y en esto radica uno de los grandes aportes del psicoanálisis.
Una y otra vez hay que recordar que no hay un modelo de normalidad válido para todo el mundo, ya que el siguiente paso sería ajustar al psicoanalizante a dicho modelo, medir su grado de desviación y en última instancia excluirlo.
Muchos psicoanalistas olvidan el punto que se trata aquí, y con mucha facilidad hablan de enfermos y despliegan alegremente un catálogo de etiquetas psicoanalíticas: obsesivo, histérica, fóbico, psicótico, etc. No es para sorprenderse, entonces, que una de las reacciones más típicas de aquel a quien se le plantea la idea de iniciar un psicoanálisis sea la de responder en forma defensiva con un enérgico: -Yo no estoy loco.
Los membretes diagnósticos que son colocados sobre los sujetos tienen efectos diversos. Uno de estos resulta en que el paciente se identifica con su diagnóstico, así por ejemplo, encontramos personas que llegan a consulta afirmando ser paranóicos. También el uso de categorías redunda en que los sujetos quedan librados de toda responsabilidad con respecto a lo que les ocurre. “-No soy responsable de lo que me pasa, son los neurotrasmisores que hay en mi cerebro”; o también: “-Nuestros problemas de pareja no tienen nada qué ver con la situación de nuestro hijo, lo que pasa es que es hiperactivo”.
La presencia de determinados síntomas no define una enfermedad mental. Que alguien delire no implica necesariamente que sea una persona psicótica; al delirio se le encuentra en muchas experiencias normales, como el caso de las psicosis postparto.
Además, el síntoma cumple una función dentro de la estructura, pues se trata de una formación de compromiso entre una pulsión y la censura. Las curas orientadas a suprimir los síntomas omiten el hecho de que el síntoma representa un punto de goce para el sujeto. Por ello, es común que cuando se elimina el síntoma se produzca un desequilibrio en la economía libidinal. Supimos del caso de un hombre quien sufría de sobrepeso, se le practicó un bypass gástrico, perdió más de ochenta Kilos y a los seis meses se suicidó.
Resulta dificil comprender cómo algo que aqueja al sujeto representa al mismo tiempo un monto de goce. Freud describió el aparato psíquico como un aparato formado por tres instancias: yo, ello y superyó. Cada instancia persigue sus propios propósitos en forma independiente, y puede ocurrir que lo que es percibido como displacer a nivel del yo implique una satisfacción libidinal en otro lugar. En el modelo de los sueños autopunitivos encontramos al superyó obteniendo satisfacción libidinal.
Por estas razones, no basta la mera voluntad de un sujeto para poder cambiar, además es necesario que pueda renunciar al goce que su síntoma representa.
La meta del psicoanálisis no es la remoción de los síntomas. Para el psicoanálisis el síntoma está vinculado con un deseo inconsciente, mismo que debe ser desplegado durante el tratamiento, a condición de que no busquemos acallar aquello de lo que hablan los síntomas.
El planteamiento de que existe la salud mental implica además otro problema, ya que una vez aceptada la existencia de enfermos, el siguiente paso natural es querer ayudarlos. Lo malo es que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones. No es facil entender este punto, ncluso es frecuente escuchar a psicoanalistas que hablan en el sentido de ayudar al sujeto. No se trata de eso.
La lógica de la salud es tal que a los sujetos hay que dárselas incluso contra su propia voluntad. Por esa vía, entramos de lleno al ejercicio de una forma sutil del poder.
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